Preparación opcional 4 de diciembre 2022

FUNDAMENTOS DE LA PREPARACIÓN REMOTA PARA UNA BUENA LECTIO

Enseña San Guido que  “la lectio, «estudio atento de las Escrituras», busca la vida bienaventurada, la meditatio la encuentra, la oratio la implora, la contemplatio la saborea[1]”.

 “Es un esfuerzo y un estudio del que el lector de la Escritura no puede prescindir, según nos advierten los maestros de la lectio divina. Esto no significa, naturalmente, que todo lector de la Biblia tenga que ser maestro consumado en exégesis; pero sí que hay que utilizar los trabajos de los maestros en exégesis. Recordemos los sudores de un Orígenes, de un san Jerónimo, para llegar a poseer un texto correcto de la Escritura y penetrar su verdadero sentido. Ante todo, su sentido literal, al que debe ajustarse la «lectura divina». Nada debe quedar borroso, vago, impreciso, en cuanto sea posible. La filología, las ciencias naturales, todo el saber humano debe ponerse en juego para descubrir el sentido histórico de la Palabra de Dios escrita[2]”.

“Hay distintos niveles para hacer el primer paso, la lectio. El primer nivel, indispensable, es la simple lectura de un trozo unitario. ‘Simple lectura’ significa leer varias veces el texto. Leer con paciencia y atención varias veces el texto propuesto. Esto debe hacerse hasta que se hayan encontrado ideas y temas suficientes para ser procesados y reflexionados en la meditatio. En este primer nivel, al alcance de todo cristiano que simplemente sepa leer, no hace falta un conocimiento científico de la Biblia. Bastan sólo dos cosas: saber leer y tener fe en que la Sagrada Escritura es Palabra de Dios. Un segundo nivel para hacer el primer paso de la Lectio Divina, la lectio, es la lectura previa de algunos comentarios al trozo propuesto de la Sagrada Escritura. En esta lectura previa de algunos comentarios tienen preeminencia los textos de los Santos Padres. Luego los comentarios de Santo Tomás de Aquino a la Sagrada Escritura. Luego la de los santos en general. Finalmente, comentarios de la Sagrada Escritura modernos y de sana doctrina”[3]

PARA PREPARAR LA LECTIO DIVINA DEL EVANGELIO DEL 1º DOMINGO DE ADVIENTO CICLO A. DOMINGO 4 DE DICIEMBRE DE 2022 (San Mateo 3,1-12).

-En la Tradición de la Iglesia:

San Juan Crisóstomo

Homilía: Tiempo de buscar el Redentor

Hom. 10 sobre Mateo

[…] se presentó Juan no para otra cosa, sino para llevarlos a reconocer sus pecados. Esto lo manifestaba aun con su modo de vestir, pues era tal como hecho para penitencia y confesión de los pecados.

Lo mismo demostró con su predicación, pues no decía otra cosa, sino: Haced frutos dignos de penitencia. Y así, por no confesar ellos sus pecados, como lo declaró Pablo, se apartaron de Cristo. Confesar los pecados tiene como fruto la búsqueda de un Redentor y el anhelo de la redención. Y Juan apareció para preparar ambas cosas y exhortarlos a que hicieran penitencia. No para que se les castigara, sino para que hechos más humildes con la penitencia, y condenándose a sí mismos, recurrieran a alcanzar el perdón. Advierte pues cuan exactamente lo dice. Porque habiendo dicho: Apareció predicando en el desierto de Judea el bautismo, añadió: en remisión. Como si dijera: la razón que tuvo para exhortarlos a que confesaran sus pecados e hicieran penitencia no fue para que luego se les castigara, sino para que luego con mayor facilidad obtuvieran la remisión. Pues si no se condenaban a sí mismos, no pedirían gracia ni alcanzarían perdón. De manera que este bautismo prepara el camino para eso.

Tales fueron las razones por las que decía: Para que crean en aquel que viene detrás de él, poniendo así un motivo más del bautismo de Juan, aparte de los que ya dijimos. Porque no habría sido lo mismo si recorriera las casas y dijera: Creed en éste, llevando a Cristo de la mano a todos lados, que alzar aquella voz bienaventurada, estando todos presentes y viéndolo y hacer lo demás que hizo. Por eso vino con el bautismo. La buena opinión y fama del que bautizaba y la naturaleza misma de la cosa, atraían a toda la ciudad y la llevaban al Jordán, que se convirtió en un magnífico escenario. Por esto Juan, a quienes se acercaban los corregía y los persuadía a que no pensaran altamente de sí mismos, demostrándoles que eran reos de gravísimos crímenes y que tenían que hacer penitencia; y que arrojaran de lado a sus antepasados y quitaran la jactancia que por ellos habían concebido y recibieran al que ya había llegado.

Entre tanto los acontecimientos en torno de Cristo habían quedado en la sombra y entre muchos parecía haberse extinguido, a causa de la matanza de Belén. Pues aun cuando Cristo, siendo de doce años, salió al público, pero al punto de nuevo volvió a la oscuridad; por lo cual se necesitaban otra vez más brillantes comienzos y más sublimes exordios. Tal es el motivo de que Juan les predique en altas voces, por vez primera, lo que nunca los judíos habían oído de los profetas ni de nadie más, pues les hablaba del cielo, del reino de los cielos y nada en ausoluto de lo terreno.

Y llama aquí reino a la venida de Cristo, tanto la anterior como la final. Preguntarás: pero ¿qué interesaba esto a los judíos, que ni siquiera entendían lo que les decía? Te contestará el mismo Juan: Precisamente les habló así, para que excitada su curiosidad por lo oscuro de las palabras, vengan a investigar quién es ese de quien les hablo; de manera que ya publícanos y soldados preguntan qué hay que hacer y cómo se ha de ordenar la vida. Esto sería ya una señal de que ellos, haciendo a un lado los negocios seculares, alzaban sus ojos a cosas más altas, como entre sueños algo imaginaban de las cosas futuras. Pues todo cuanto veían y oían los levantaba a un más elevado sentido de las cosas.

Considera en este punto lo que sería ver a un hombre que, después de treinta años, sale del desierto, hijo de un príncipe de los sacerdotes, que jamás había tenido escasez de cosa alguna terrenal, y era en todos sentidos venerable y llevaba consigo a Isaías. Porque como quien dice, estaba presente el propio Isaías que les anunciaba y decía: Este es el que os dije que aparecería; gritando y anunciando todo con potente voz en el desierto. Porque tan empeñosos anduvieron los profetas en eso del Mesías, que profetizaron con mucha antelación al Señor suyo y además al que había de ser su ministro, ni sólo al ministro, sino inclusive el sitio en donde estaría y el modo de la predicación con que había de enseñar y el excelente resultado que de su predicación se seguiría.

Considera, pues, cómo ambos, el profeta y el Bautista, confluyen en un mismo sentido, aunque no con las mismas palabras. Porque el profeta predijo que vendría el Precursor con estas expresiones: Abrid camino al Señor en el desierto; allanad en la soledad caminos a vuestro Dios y el Precursor, cuando vino, decía: Haced frutos dignos de penitencia; que significa lo mismo que abrid camino al Señor. ¿Observas cómo por lo que el profeta dijo y por lo que el Precursor predicaba se significa una misma cosa? Es a saber: que él había venido para ir delante del Mesías y prepararle el camino; no para dar él el don de la gracia o sea el perdón de los pecados, sino para preparar las almas de cuantos habrían de recibir al Dios del universo. Lucas añadió algo más, y no se contentó con presentar el comienzo de la profecía sino que la citó íntegra. Pues dice: Todo barranco sea rellenado y todo monte y collado allanado y los caminos tortuosos rectificados y los ásperos igualados. Y toda carne verá la salud de Dios.

¿Observas cómo el profeta ya de antiguo todo lo había declarado?: el concurso del pueblo, el cambio en mejor de la situación y la facilidad y sencillez de su predicación y el motivo de cuanto se iba a verificar, aunque moteado todo de tropos y figuras. Todo era profecía de lo futuro. Pues cuando dice: Todo barranco sea rellenado y todo monte y collado allanado y los caminos tortuosos sean rectificados y los ásperos igualados, predice que los humildes serán exaltados y los soberbios serán humillados y que la dificultad de la Ley se cambiará por la facilidad de la fe. Como si dijera: no más ya trabajos y sudores, sino gracia y perdón de pecados, que prepare un facilísimo camino para la salvación.

Luego añade el motivo de tales cambios y dice: Y toda carne verá la salud de Dios. No serán sólo, como anteriormente, los judíos y los prosélitos, sino toda carne y el mar y la humana naturaleza toda. Al decir tortuosos y ásperos, significó toda clase de vidas dadas a la corrupción, como los publícanos, fornicarios, ladrones y hechiceros. Perversos eran todos ellos anteriormente, pero luego anduvieron por rectos caminos. Como después dijo Cristo: En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os preceden en el reino de Dios por haber éstos creído. Que es lo mismo que indicó el profeta: El lobo y el cordero pacerán juntos. Así como antes, al decir montes y valles, predijo que toda la desigualdad de costumbres vendría a reducirse a una igualdad en las virtudes, así ahora, indicando por la varia naturaleza de los brutos la variedad de las humanas costumbres, manifestó que todos se unirían en los mismos sentimientos de piedad. Y añadiendo el motivo, dijo: Se alzará como un estandarte para los pueblos. Y lo buscarán las gentes; o sea lo mismo que cuando dijo: Y toda carne verá la salud de Dios. Indicaba mediante todas estas cosas que el conocimiento y fuerza del evangelio, se difundirían por toda la tierra hasta sus confines; fuerza que cambiaría en mansa y suave la índole del género humano que antes tenía costumbres de fiera y ánimos intratables.

Juan iba vestido de pelo de camello y llevaba un cinturón de cuero a la cintura. Advierte cómo los profetas anunciaron unas cosas y otras las reservaron a los evangelistas. Así Mateo cita la profecía y añade luego de lo suyo; y no pensó ser ajeno a su materia el hablar del vestido de aquel hombre justo. Y a la verdad resultaba admirable y estupendo ver en un cuerpo humano tan grande tolerancia de mortificación. Y esto en especial atraía a los judíos que miraban en Juan a otro Elías el grande; y por lo que en Juan veían recordaban la memoria de aquel otro bienaventurado varón. Y lo admiraban más aún, ya que Elías era alimentado en las ciudades y casas, pero ¡éste otro desde su niñez pasó el tiempo en el desierto! Convenía que el Precursor del que había de acabar con todo lo antiguo, como eran los trabajos, la maldición, el dolor y los sudores, tuviera ya como ciertos símbolos y señales de semejante liberación y se mostrara superior a la antigua condena.

Por esto, ni aró la tierra ni abrió surcos ni comió el pan con el sudor de su rostro, sino que su mesa era facilísima de preparar y más todavía su vestido; y aún más que éste, su habitación. Porque no necesitó techo, ni lecho, ni mesa ni otra cosa semejante; sino que viviendo en la carne, llevó una vida de ángel. Por eso su vestidura estaba tejida de pelo de camello, para enseñarnos con el vestido mismo el apartamiento de las cosas humanas y a no tener nada común con la tierra, sino volver a nuestra primitiva nobleza, en la que Adán vivía cuando no le era preciso usar vestido que lo cubriera. De modo que el vestido de Juan era ya un símbolo que hablaba del reino de los cielos y de la penitencia.

Ni preguntes cómo el que vivía en el desierto podía procurarse el vestido de pelo de camello y el cinturón de cuero. Si tal pregunta formulas, muchas otras podrías hacer, como por ejemplo: cómo podía vivir en soledad en los calores del verano y en los fríos del invierno, sobre todo en su tierna edad y con un cuerpo delicado. ¿Cómo pudo aquella carne infantil soportar tan grandes cambios de atmósfera, comiendo tan extrañamente y afrontando las demás molestias de un vasto desierto? ¿Dónde están ahora los filósofos griegos que en vano siguieron la impúdica secta de los cínicos? Porque ¿qué necesidad había de vivir en un tonel para luego entregarse a toda liviandad? Poseían anillos, copas, siervos, criados y toda la demás pompa, de modo que se lanzaron a extremos.

No era así el Bautista, sino que habitaba en el desierto como si fuera en el cielo y ejercitaba cuidadosamente toda clase de virtudes; y de ahí bajó, a la manera de un ángel, a las ciudades, como atleta de la piedad, coronado por el orbe entero, y como filósofo de la única filosofía digna del cielo. Y todo esto cuando aún el pecado no había sido muerto ni había cesado la Ley, ni había sido derrotada la muerte, ni se habían quebrantado las puertas de bronce, sino estando aún vigente el antiguo género de vida. Pero así es un ánimo varonil y vigilante: a todo se atreve y pasa más allá de las metas prefijadas. Así lo hacía Pablo respecto de las observancias del Nuevo Testamento.

Preguntarás ¿por qué, además del vestido, usaba el ceñidor de cuero? Era costumbre de los antiguos, antes de que entrara la moda de los actuales vestidos, muelles y flotantes. Por eso encontramos también que se ceñían Pedro y Pablo. Y así un profeta dijo a Pablo: El varón cuyo es este ceñidor. Del mismo modo vestía Elías y del mismo todos los santos, ya porque sin cesar trabajaban, ya por andar de camino, ya porque se ocupaban en cualquier obra necesaria. Pero además porque despreciaban todo ornato y cuidaban de llevar una vida austera, cosa que es de grande encomio en la virtud, según dijo Cristo: ¿Qué habéis salido a ver? ¿Un hombre vestido con molicie? Los que visten suntuosamente y viven en regalo están en los palacios de los reyes.

Pues si aquel que en tan grande pureza vivía y brillaba más que los cielos y fue mayor que todos los profetas y nadie le excedió en grandeza y con tan singular entereza procedió, vivía con tan recias austeridades y despreciaba en tal manera la muelle voluptuosidad y llevaba una vida tan dura ¿qué excusa tendremos nosotros tras de tantos beneficios recibidos y cargados con el peso de culpas infinitas, si no hacemos siquiera una mínima parte de la penitencia que hizo el Bautista; sino que nos entregamos al vino y al vientre y a los olorosos ungüentos; y -no mejores que las meretrices del teatro- nos entregamos a todo género de molicie y nos hacemos fácil presa del demonio?

Y venían a él de Jerusalén y de toda Judea y de toda la región del Jordán y eran bautizados por él en el río Jordán y confesaban sus pecados. ¿Observas cuánta fuerza tenía la presencia del profeta? ¿cómo levantó en vilo a todo un pueblo? ¿cómo los hizo que recordaran sus pecados? Cosa era digna de admiración ver que él, que así se presentaba en lo humano, tenía tan gran libertad para hablar y se levantaba contra todos como si fueran unos niños y cómo la gracia resplandecía en su semblante. Ayudaba a la admiración el que se presentara como profeta, cuando hacía tanto tiempo que no los había; pues la gracia de la profecía se había extinguido entre los judíos y volvía ahora, tras de tanto tiempo.

También el modo de la predicación era nuevo y singular. No oían nada de lo que se acostumbraba: es a saber, de guerras futuras, de batallas y victorias terrenas, de hambres y de pestes, de babilonios y persas, de destrucción de la ciudad y cosas parecidas, sino de los cielos, del reino celeste, del castigo de la gehena. Por eso, aunque aquellos rebeldes que con Teudas y Judas se alzaron y fueron al desierto, perecieron, sin embargo las turbas acá no disminuían. No se les convidaba a la misma empresa; es decir, a tomar el mando, a defeccionar de los romanos, a renovar la política, sino para llevarlos al reino celestial. Por esto Juan no los detenía consigo en el desierto, ni andaba rodeado de ellos; sino que, una vez bautizados e instruidos en la virtud, los despachaba, aconsejándoles de todas maneras que despreciaran las cosas todas de la tierra y que buscaran las futuras y que cada día más se enfervorizaran.

Imitemos, pues, también nosotros a Juan; y apartados del exceso en la comida y de la embriaguez, tomemos un modo austero de vida. Ahora es tiempo de confesar los pecados para los catecúmenos y para los ya bautizados: para aquéllos, a fin de que, tras de cumplir su penitencia, se acerquen a los sagrados misterios; para éstos a fin de que limpios de las manchas contraídas después del bautismo, se acerquen a la sagrada mesa con una conciencia pura. Apartémonos de esta forma muelle de vivir y disoluta. Porque no, no pueden coexistir la confesión y las liviandades. Que os enseñe esto Juan con su modo de vestir, su alimento y su habitación.

¿Cómo?, dirás. ¿Nos ordenas llevar tan estricto y apretado género de vida? Yo no os lo ordeno, pero a él os exhorto y os lo persuado. Y si no llegáis a esto, al menos los que tenemos que vivir en la ciudad hagamos penitencia, porque el juicio se aproxima. Pero, aunque estuviera lejano, ni aún así convendría que nos entregáramos a la seguridad, puesto que para cada cual el fin de su vida tiene la misma fuerza que la consumación de los siglos. Pero que en realidad esté ya a las puertas oye a Pablo cómo lo dice: La noche va muy avanzada y ya se acerca el día. Y también: Aún un poco de tiempo y el que llega vendrá y no tardará. Ya se están cumpliendo las señales que anuncian aquel día. Porque dice: Será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, testimonio para todas las naciones, y entonces vendrá el fin.

Atended con diligencia a lo dicho. No dice el Señor cuando todos crean, sino cuando fuere predicado en todo el mundo. Por esto añadió: testimonio para todas las naciones, manifestando con esto que no aguardaría a que todos creyeran y luego vendría. Porque eso de testimonio significa acusación, convencimiento de un reo, condenación de los que no hayan creído. Oímos esto nosotros y seguimos dormitando y nos damos al sueño, y a causa de la embriaguez estamos como sumergidos en una espesísima noche. Puesto que las cosas presentes en nada son mejores que un sueño, ya sean propicias o ya contrarias.

Os ruego, pues, que despertéis ya y volváis los ojos al Sol de justicia. Nadie que esté dormido puede ver el sol, ni deleitar su vista con la belleza de sus rayos; y si algo ve, como en sueños lo ve. Mucho, pues, necesitamos de la confesión, mucho de las lágrimas, así porque conscientemente permanecemos obrando el mal, como porque nuestros pecados son indignos del perdón. Y de que no miento, son testigos muchos de los presentes. Pero aun cuando nuestros pecados sean indignos de perdón, si hacemos penitencia disfrutamos de la corona. Y llamo penitencia no únicamente al abstenernos de los pecados pasados, sino al hacer mayores obras buenas. Porque dice: Haced frutos dignos de penitencia.

¿Cómo los haremos? Si hacemos lo contrario de lo que hacíamos. Por ejemplo: ¿robaste? Ahora da de lo tuyo. ¿Por largo tiempo te has entregado a la fornicación? Abstente de tu misma esposa bastantes días, ejercitando así la continencia. ¿Injuriaste, golpeaste a los transeúntes? Bendice ahora a quienes has injuriado y haz beneficios a los que golpeaste. No basta para la salud con que extraigamos el dardo de la herida, sino que hemos de aplicar los remedios. ¿Anteriormente estabas entregado a los banquetes y a la crápula? Ayuna ahora y bebe sólo agua, procura subsanar el daño que de aquello hubiere resultado. ¿Con ojos impúdicos te fijaste en la mujer ajena? En adelante no te fijes en ninguna mujer, para que estés más seguro. Dice el salmista: Apártate del mal y haz el bien. Y además: Preserva del mal tu lengua y tus labios de palabras mentirosas. Pero ¡habíame también de hacer el bien, oh profeta! Dice ahí mismo: Busca la paz y persíguela.

[…]Sabiendo, pues, todo esto, obremos conforme a la palabra del Eclesiástico: No te impacientes al tiempo del infortunio. Preparémonos para una sola cosa: para soportarlo todo con fortaleza y no cavilemos escrutando sobre lo que acontece. Saber cuándo ha de venir el fin de los sufrimientos, cosa es propia de Dios, que es quien los permite. Llevar con agradecimiento los que nos sobrevienen, esto es lo propio de nuestra virtud. Si lo hacemos, obtendremos todos los bienes. Y para obtenerlos y para ser aquí mejor acrisolados y en la otra vida más resplandecientes, aceptemos todo lo que nos venga, dando gracias por todo al que mejor que nosotros conoce lo que nos conviene, y vence con su amor al que nos tienen nuestros padres.

Recordando estas razones, en cualesquiera sufrimientos reprimamos la tristeza, demos gloria a Dios que todo lo ordena para nuestra utilidad. Y así fácilmente nos libraremos de las asechanzas diabólicas y conseguiremos las coronas inmarcesibles, que ojalá todos alcancemos por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, a quien con el Padre y el Espíritu Santo sea la gloria, el poder y el honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

– En los santos dominicos:

Santo Tomás de Aquino

Suma teológica – Parte IIIa – Cuestión 38

Sobre el bautismo de Juan

Artículo 1: ¿Fue conveniente que Juan bautizara?

Objeciones 

por las que parece que no fue conveniente que Juan bautizara.

1. 

Todo rito sacramental pertenece a una determinada ley. Pero Juan no implantó ninguna ley nueva. Luego no fue conveniente que introdujera un nuevo rito de bautismo.

2. 

Juan fue enviado por Dios para dar testimonio, como un profeta, según el texto de Lc 1,76: Tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo. Ahora bien, los profetas que vivieron antes de Cristo no introdujeron ningún rito nuevo, sino que invitaban a la observancia de los ritos legales, como es evidente por Mal 4,4: Acordaos de la ley de Moisés, mi siervo. Luego tampoco Juan debió introducir un nuevo modelo de bautismo.

3. 

Cuando hay abundancia de una cosa, no hay motivo para añadirle algo más. Pero los judíos traspasaban la medida en lo referente a abluciones, pues en Me 7,3-4 se dice: Los fariseos, y los judíos en general, no comen sin lavarse repetidas veces las manos; y al volver de la plaza, no comen sin lavarse; y hay otras muchas prácticas que aprendieron a guardar por tradición, (como) las abluciones de los vasos, las jarras, la vajilla de metal y los lechos. Luego no fue conveniente que Juan bautízase.

Contra esto: 

está la autoridad de la Escritura, que, en Mt 3,5-6, después de poner por delante la santidad de Juan, añade que muchos acudían a él, eran bautizados en el Jordán.

Respondo: 

Fue conveniente que Juan bautizase, por cuatro motivos: 

Primero, porque convenía que Cristo fuese bautizado por Juan, a fin de que consagrase el bautismo, como dice Agustín In loann.

Segundo, para que Cristo fuera manifestado. Por lo que el propio Juan Bautista dice en Jn 1,31: Para que sea manifestado, esto es, Cristo, a Israel, por eso vine yo a bautizar con agua. Pues anunciaba a Cristo a las muchedumbres que acudían a él. Esto resultó más fácil que si hubiera tenido que correr de aquí para allá (anunciándolo) a cada uno en particular, como dice el Crisóstomo In loann..

Tercero, para que con su bautismo acostumbrase a los hombres al bautismo de Cristo. De donde dice Gregorio, en una Homilía, que Juan bautizó para que, guardado el orden de su precedencia, el que con su nacimiento había precedido al Señor que había de nacer, precediese también con el bautismo al que había de bautizar.

Cuarto, para que, moviendo a los hombres a penitencia, los preparase para recibir dignamente el bautismo de Cristo. Por lo que dice Beda: cuanto aprovecha a los catecúmenos aún no bautizados la doctrina de la fe, tanto aprovechó el bautismo de Juan antes del bautismo de Cristo. Porque, como aquél predicaba la penitencia y anunciaba de antemano el bautismo de Cristo, y atraía al conocimiento de la verdad que se manifestó en el mundo, así sucede con los ministros de la Iglesia, que primero enseñan, después combaten los pecados de los hombres, y luego prometen el perdón mediante el bautismo de Cristo.

A las objeciones:

1.

 El bautismo de Juan no era de suyo un sacramento, sino una especie de sacramental, que disponía para el bautismo de Cristo. Y por eso, de algún modo, pertenecía a la ley de Cristo, no a la ley de Moisés.

2. 

Juan no fue sólo un profeta, sino más que un profeta, como se dice en Mt 11,9; fue, en realidad, el término de la ley y el principio del Evangelio (cf. Le 16,16). Y por eso le competía más llevar, con la palabra y con las obras, los hombres a la ley de Cristo que a la observancia de la ley antigua.

3. 

Las abluciones aquellas de los fariseos eran inútiles, como ordenadas que estaban a la sola limpieza corporal. En cambio, el bautismo de Juan se ordenaba a la purificación espiritual, pues inducía a los hombres a la penitencia, como acabamos de decir (en la sol.).

Artículo 2: ¿El bautismo de Juan venía de Dios?

Objeciones 

por las que parece que el bautismo de Juan no venía de Dios.

1. 

Ningún sacramental que proceda de Dios recibe su denominación de un puro hombre, así como el bautismo de la nueva ley no se llama de Pedro o de Pablo, sino de Cristo (cf. 1 Cor 1,12.13). En cambio, aquel bautismo recibe su nombre de Juan según el pasaje de Mt 21,25: El bautismo de Juan, ¿procedía del cielo o de los hombres? Luego el bautismo de Juan no provenía de Dios.

2. 

Toda doctrina nueva proveniente de Dios es confirmada con algunos milagros; de donde también el Señor, según Ex 4, dio a Moisés la facultad de hacer prodigios; y en Heb 2,3-4 se dice que, habiendo tenido nuestra fe su principio en la predicación del Señor, fue confirmada en nosotros por aquellos que la escucharon, confirmándola Dios con señales y prodigios. Pero de Juan Bautista se dice en Jn 10,41: Juan no hizo ningún milagro. Luego parece que el bautismo administrado por él no venía de Dios.

3. 

Los sacramentos, que han sido instituidos por inspiración de Dios, están contenidos en algunos preceptos de la Sagrada Escritura. Ahora bien, el bautismo de Juan no está prescrito por ningún precepto de la Sagrada Escritura. Luego parece que no provenía de Dios.

Contra esto:

 está lo que se lee en Jn 1,33: El que me envió a bautizar con agua, ése fue el que me dijo: Sobre quien vieres el Espíritu, etc.

Respondo: 

En el bautismo de Juan pueden considerarse dos cosas, a saber: el rito de bautizar y el efecto del bautismo. El rito de bautizar no provino de los hombres, sino de Dios, que, mediante una revelación familiar del Espíritu Santo, envió a Juan a bautizar. En cambio, el efecto del bautismo vino de los hombres, porque en tal bautismo no se realizaba nada que no pudiera hacer el hombre. Luego no provino exclusivamente de Dios, a no ser en cuanto que Dios actúa en el hombre.

A las objeciones:

1. 

Mediante el bautismo de la ley nueva, los hombres son bautizados interiormente por el Espíritu Santo, cosa que solamente hace Dios. En cambio, mediante el bautismo de Juan, sólo el cuerpo era purificado por el agua. Por lo que se dice en Mt 3,11: Yo os bautizo con agua; él os bautizará con Espíritu Santo. Y por eso el bautismo de Juan recibe su nombre de él, en cuanto que nada se producía en tal bautismo que el propio Juan no hiciese. Por el contrario, el bautismo de la ley nueva no se denomina por el ministro, puesto que él no produce el efecto principal del bautismo, es decir, la purificación interior.

2. 

Toda la doctrina y obra de Juan se ordenaban a Cristo, el cual confirmó su propia doctrina y la de Juan con multitud de milagros. Si Juan hubiera hecho prodigios, los hombres hubieran atendido por igual a Juan y a Cristo. Y por eso, con el fin de que los hombres prestasen atención especialmente a Cristo, no le fue concedido a Juan hacer milagros. Sin embargo, cuando los judíos le preguntaron por qué bautizaba, confirmó su ministerio con la autoridad de la Escritura, diciendo: Yo soy la voz del que clama en el desierto, etc., como se lee en Jn 1,19ss. Incluso la misma austeridad de su vida recomendaba su ministerio, porque, como dice el Crisóstomo In Matth., era algo maravilloso ver un aguante tan grande en un cuerpo humano.

3. 

Dios dispuso en su providencia que el bautismo de Juan durase poco tiempo, por las razones que acabamos de apuntar (a.1). Y debido a esto no fue recomendado por precepto alguno general en la Sagrada Escritura, sino por una revelación privada del Espíritu Santo, como se ha dicho (en la sol).

Artículo 3: ¿Se confería la gracia en el bautismo de Juan?

Objeciones 

por las que parece que en el bautismo de Juan se confería la gracia.

1. 

En Mc 1,4 se dice: Juan se presentó en el desierto bautizando y predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados. Pero la penitencia y el perdón de los pecados se logran por medio de la gracia. Luego el bautismo de Juan confería la gracia.

2. 

Los que habían de ser bautizados por Juan confesaban sus pecados, como se lee en Mt 3,6 y en Mc 1,5. Ahora bien, la confesión de los pecados se ordena al perdón, que se consigue por medio de la gracia. Luego en el bautismo de Juan se daba la gracia.

3. 

El bautismo de Juan distaba del bautismo de Cristo menos que la circuncisión. Ahora bien, mediante la circuncisión se perdonaba el pecado original, pues, como dice Beda, la circuncisión en tiempos de la ley proporcionaba el mismo auxilio de una curación saludable contra la herida del pecado original, que ahora acostumbra a realizar el bautismo en tiempo de la revelación de la gracia. Luego el bautismo de Juan producía con mayor razón el perdón de los pecados. Esto no puede realizarse sin la gracia.

Contra esto: 

está que en Mt 3,11 se dice: Yo os bautizo con agua para la conversión. Exponiendo esto Gregorio en una Homilía, dice: Juan no bautizaba con Espíritu, sino con agua, porque no podía perdonar los pecados. Ahora bien, la gracia proviene del Espíritu Santo, y por medio de ella se quitan los pecados. Luego el bautismo de Juan no confería la gracia.

Respondo: 

Como acabamos de explicar (a.2 ad 2), toda la enseñanza y todo el ministerio de Juan eran una preparación con miras a Cristo, como la del discípulo y la del artista de rango inferior es preparar la materia para la forma que hará aparecer el artista principal. Ahora bien, la gracia debía ser conferida por Cristo, conforme a las palabras de Jn 1,17: La gracia y la verdad han venido por Jesucristo. Y por este motivo el bautismo de Juan no confería la gracia, sino sólo la preparación para ésta, de tres maneras. Primero, porque Juan con su doctrina movía a los hombres a la fe en Cristo. Segundo, acostumbrando a los hombres al rito del bautismo de Cristo. Tercero, preparando a los hombres, mediante la penitencia, a recibir el efecto del bautismo de Cristo.

A las objeciones:

1.

 En las palabras aludidas, como explica Beda, puede distinguirse un doble bautismo de penitencia. Uno, el que administraba Juan bautizando, bautismo que se llama de penitencia, etc., porque era una persuasión para la penitencia y como una protestación por parte de los hombres de que habrían de hacer penitencia. El otro es el bautismo de Cristo, por el cual son perdonados los pecados. Juan no podía administrar este bautismo, sino sólo predicarlo, diciendo: El os bautizará con Espíritu Santo (Mc 1,8).

O también puede decirse que predicaba un bautismo de penitencia, esto es, que inducía a la penitencia, la cual conduce a los hombres a la remisión de los pecados.

O puede decirse, como expone Jerónimo, que por el bautismo de Cristo se confiere la gracia, por la que son perdonados gratuitamente los pecados: Lo que es acabado por el Esposo, tiene su principio en el padrino, esto es, en Juan. Por eso se narra que bautizaba y predicaba un bautismo de penitencia para remisión de los pecados (Mc 1,4; Lc 3,3; cf. Mt 3,1), pero no porque lo hiciese él, sino porque lo incoaba preparándolo.

2. 

La confesión de los pecados citada no se hacía para causar al instante el perdón de los pecados por medio del bautismo de Juan, sino para conseguirlo por la penitencia subsiguiente, y por medio del bautismo de Cristo, al que disponía aquella penitencia.

3. 

La circuncisión había sido instituida para remedio del pecado original. En cambio, el bautismo de Juan no fue instituido para eso, sino sólo como preparación para el bautismo de Cristo, como queda dicho (en la sol.). Y los sacramentos producen su efecto en virtud de la institución.

Artículo 4: ¿Solamente Cristo debió ser bautizado con el bautismo de Juan?

Objeciones 

por las que parece que sólo Cristo debía ser bautizado con el bautismo de Juan.

1. 

Porque, como acabamos de decir (a.1), Juan bautizó para que Cristo fuese bautizado, como escribe Agustín In loann.. Ahora bien, lo que es propio de Cristo no debe pertenecer a los demás. Luego nadie más debió ser bautizado con ese bautismo.

2. 

Todo el que se bautiza, o recibe algo del bautismo o da algo al bautismo. Ahora bien, nadie podía recibir algo del bautismo de Juan, porque en él no se confería la gracia, como se ha dicho (a.3). Y nadie podía conferir algo a tal bautismo fuera de Cristo, el cual santificó las aguas al contacto de su carne purísima. Luego parece que solamente Cristo debió ser bautizado con el bautismo de Juan.

3. 

Si otros eran bautizados con aquel bautismo, eso no tenía otra finalidad que el ser preparados para el bautismo de Cristo; y así parecería conveniente que, como el bautismo de Cristo se confiere a todos, ya grandes ya pequeños, ya gentiles ya judíos, así también el bautismo de Juan se confiriese a todos. Pero no se lee que éste hubiera bautizado a los niños y a los gentiles, pues en Mc 1,5 se dice que acudían a él todos los de Jerusalén y él los bautizaba. Luego parece que sólo Cristo debió ser bautizado por Juan.

Contra esto: 

está lo que se dice en Lc 3,21: Sucedió que, mientras se bautizaba todo el pueblo, bautizado ya Jesús y orando, se abrieron los cielos.

Respondo: 

Convino que otros, además de Cristo, fuesen bautizados con el bautismo de Juan, por dos motivos. Primero, porque, como dice Agustín In loann., si sólo Cristo hubiera sido bautizado con el bautismo de Juan, no faltarían quienes dijesen que el bautismo de Juan, con el que Cristo fue bautizado, era más digno que el bautismo de Cristo, con el que son bautizados los demás.

Segundo, porque convenía que los demás, mediante el bautismo de Juan, fuesen preparados para el bautismo de Cristo, como se ha dicho antes (a.1 y 3).

A las objeciones:

1. 

El bautismo de Juan no fue instituido sólo para que Cristo fuese bautizado, sino también por otros motivos, como queda probado (a.1). Y, en fin, en caso de que hubiera sido instituido para que Cristo se bautizase, era preciso evitar el inconveniente dicho, siendo bautizados otros con ese bautismo.

2. 

Los que recibían el bautismo de Juan no podían aportar nada a tal bautismo; ni recibían del mismo la gracia, sino sólo la señal de la penitencia.

3. 

Aquel bautismo lo era de penitencia, cosa que no compete a los niños; de ahí que no fueran bautizados con tal bautismo. Conferir a los gentiles el medio de la salvación estaba reservado solamente a Cristo, esperanza de las gentes, como se dice en Gen 49,10. Ahora bien, el propio Cristo prohibió a los Apóstoles predicar el Evangelio a los gentiles antes de su pasión y resurrección (cf. Mt 10,5). De donde resulta mucho menos conveniente que los gentiles hubieran sido admitidos al bautismo de Juan.

Artículo 5: ¿Debió cesar el bautismo de Juan después de que Cristo fue bautizado?

Objeciones 

por las que parece que el bautismo de Juan hubiera debido cesar después de que Cristo fue bautizado.

1. 

En Jn 1,31 se dice: A fin de que él fuera manifestado a Israel, por eso vine yo a bautizar con agua. Pero Cristo, una vez bautizado, quedó suficientemente manifestado: ya por el testimonio de Juan, ya por la bajada de la paloma, ya también por el testimonio de la voz del Padre (cf. Mt 3,11; Mc 1,7; Lc 3,16; Jn 1,33). Luego da la impresión de que el bautismo de Juan no debió perdurar en adelante.

2. 

Dice Agustín In loann.: Fue bautizado Cristo, y cesó el bautismo de Juan. Por consiguiente, parece que Juan, después que bautizó a Cristo, no debió bautizar ya.

3. 

El bautismo de Juan era la preparación para el bautismo de Cristo. Pero el bautismo de Cristo comenzó al instante de haber sido Cristo bautizado, puesto que al contacto de su carne purísima otorgó a las aguas el poder de regenerar, como comenta Beda. Luego parece que el bautismo de Juan hubiera cesado una vez que Cristo fue bautizado.

Contra esto: 

está lo que se dice en Jn 3,22-23: Vino Jesús a la región de Judea y bautizaba; también Juan seguía bautizando. Ahora bien, Cristo no bautizó antes de ser él bautizado. Luego parece que Juan seguía bautizando después de que Cristo fue bautizado.

Respondo: 

El bautismo de Juan no debió cesar después de que Cristo fue bautizado. Primero, porque, como dice el Crisóstomo, si Juan hubiera dejado de bautizar una vez bautizado Cristo, se podría pensar que lo hacía por emulación envidiosa o por rabia. Segundo, porque si hubiera dejado de bautizar cuando Cristo bautizaba, hubiera impulsado a sus discípulos a una emulación envidiosa todavía mayor. Tercero, porque, prosiguiendo su ministerio de bautizar, envía a sus oyentes a Cristo. Cuarto, porque, como dice Beda, todavía persistía la sombra de la ley antigua, y porque el precursor no debe ceder hasta que se manifieste la verdad.

A las objeciones:

1. 

Una vez bautizado, Cristo no estaba todavía plenamente manifestado. Y por eso era necesario que Juan continuara bautizando.

2. 

Después de que Cristo fue bautizado, cesó el bautismo de Juan, pero no inmediatamente, sino cuando éste fue encarcelado. Por eso dice el Crisóstomo In loann.: Pienso que la muerte de Juan fue permitida para que, quitado él de en medio, Cristo comenzase a predicar de forma total, de modo que el entero afecto de la multitud se desplazase hacia Cristo, y para que en adelante esa multitud no siguiese dividida por los pareceres que corrían acerca de uno y otro.

3. 

El bautismo de Juan era una preparación no sólo para que Cristo fuera bautizado, sino también para que otros se acercasen al bautismo de Cristo. Esto no se cumplió todavía, una vez que Cristo fue bautizado.

Artículo 6: ¿Los bautizados con el bautismo de Juan debían de ser bautizados con el bautismo de Cristo?

Objeciones 

por las que parece que los que habían recibido el bautismo de Juan no debían ser bautizados con el bautismo de Cristo.

1. 

Juan no fue inferior a los Apóstoles, puesto que de él se escribe en Mt 11,11: Entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan Bautista. Pero los bautizados por los Apóstoles no eran rebautizados de nuevo, sino que sólo se les otorgaba la imposición de manos, pues en Act 8,16-17 se dice que algunos solamente habían sido bautizados por Felipe en el nombre del Señor Jesús; entonces los Apóstoles, Pedro y Juan, les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo. Luego parece que los bautizados por Juan no debieron ser bautizados con el bautismo de Cristo.

2. 

Los Apóstoles fueron bautizados con el bautismo de Juan, puesto que algunos de ellos fueron sus discípulos, como es evidente por Jn 1,37. Ahora bien, no parece que los Apóstoles fueran bautizados con el bautismo de Cristo, pues en Jn 4,2 se dice que Jesús no bautizaba, sino sus discípulos. Luego parece que los bautizados con el bautismo de Juan no debían serlo con el bautismo de Cristo.

3. 

El bautizado es menor que el que bautiza. Pero no se lee que el propio Juan haya sido bautizado con el bautismo de Cristo. Luego mucho menos necesitaban ser bautizados con el bautismo de Cristo los que lo habían sido con el bautismo de Juan.

4. 

En Act 19,1-5 se narra que Pablo encontró a algunos discípulos, y les preguntó: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo al abrazar la fe? Pero ellos le respondieron: Ni siquiera hemos oído que el Espíritu Santo existe. El les interrogó: ¿Con qué bautismo habéis sido bautizados? Ellos contestaron: Con el bautismo de Juan. Por lo que fueron bautizados de nuevo en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Así pues, parece que, por desconocer al Espíritu Santo, hubiera sido necesario bautizarles de nuevo, como dice Jerónimo en Super loelem y en su Epístola de Viro unius uxorís, así como Ambrosio en el libro De Spir. Sancto. Pero algunos de los que fueron bautizados con el bautismo de Juan tenían pleno conocimiento de la Trinidad. Luego no debían ser nuevamente bautizados con el bautismo de Cristo.

5. 

Sobre el pasaje de Rom 10,8: Esta es la palabra de la fe que proclamamos, comenta la Glosa de Agustín: ¿De dónde procede esta virtud del agua que, tocando el cuerpo, limpia el corazón, sino de la palabra, no porque se pronuncia, sino porque es creída? Por lo que resulta manifiesto que la virtud del bautismo depende de la fe. Ahora bien, la forma del bautismo de Juan anunciaba la fe en la que nosotros somos bautizados, pues en Act 19,4 dice Pablo: Juan bautizaba al pueblo con un bautismo de penitencia, diciendo que creyesen en aquel que había de venir después de él, esto es, en Jesús. Luego parece que no era necesario que los que estaban bautizados con el bautismo de Juan lo fuesen de nuevo con el bautismo de Cristo.

Contra esto: 

está lo que dice Agustín In loann.: Los bautizados con el bautismo de Juan debían ser bautizados con el bautismo del Señor.

Respondo: 

Según la opinión del Maestro, en el libro IV Sent., aquellos que fueron bautizados por Juan sin conocer la existencia del Espíritu Santo, y que ponían su esperanza en tal bautismo, fueron después bautizados con el bautismo de Cristo; pero los que no pusieron su esperanza en el bautismo de Juan y creían en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, no fueron después bautizados, sino que recibieron el Espíritu Santo mediante la imposición de las manos de los Apóstoles.

Esto es cierto en cuanto a la primera parte, estando confirmado por muchas autoridades. En cambio, en lo que se refiere a la segunda parte es enteramente irracional. Primero, porque el bautismo de Juan ni confería la gracia, ni imprimía el carácter, sino que era sólo un bautismo de agua, como él mismo dice en Mt 3,11. Por lo que la fe o la esperanza que el bautizado tenía en Cristo no era suficiente para suplir este defecto.

Segundo, porque cuando en un sacramento se omite lo que es necesario para su existencia, no sólo es necesario suplir lo omitido, sino que se precisa renovarlo enteramente. Y es necesario que el bautismo de Cristo se haga no sólo con agua, sino también con el Espíritu Santo, según las palabras de Jn 3,5: Si uno no nace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios. Por consiguiente, en los que habían sido bautizados sólo con agua en el bautismo de Juan, no sólo había que suplir lo que faltaba, esto es, la donación del Espíritu Santo mediante la imposición de las manos, sino que debían ser totalmente bautizados de nuevo con el agua y con el Espíritu Santo.

A las objeciones:

1. 

Como escribe Agustín, In loann., se siguió bautizando después de Juan, porque éste no otorgaba el bautismo de Cristo, sino el suyo. En cambio, el que confería Pedro, y si Judas lo administró, era el bautismo de Cristo. Y por eso, si Judas bautizó a algunos, éstos no deben ser nuevamente bautizados, porque el bautismo es tal cual es aquel con cuyo poder se confiere; no tal cual es aquel mediante cuyo ministerio se otorga. Y de ahí resulta también que los bautizados por el diácono Felipe, al administrar éste el bautismo de Cristo, no fueron bautizados nuevamente, sino que recibieron la imposición de las manos de los Apóstoles, como los bautizados por los sacerdotes son confirmados por los obispos.

2. 

Como comenta Agustín, Ad Seleucianum, pensamos que los discípulos de Cristo fueron bautizados o bien con el bautismo de Juan, como opinan algunos; o bien, como es más creíble, con el bautismo de Cristo. El que no se sustrajo al ministerio humilde de lavarles los pies, no faltó al ministerio de bautizar, a fin de tener servidores bautizados por medio de los cuales bautizase a los demás.

3. 

Como expone el Crisóstomo, In Matth., por el hecho de que Cristo, a Juan que le dice: Yo debo ser bautizado por ti, responda: Permítelo por ahora (cf. Mt 3,14.15), queda demostrado que después Cristo bautizó a Juan. Y añade que esto se halla escrito expresamente en algunos libros apócrifos. Es cierto, sin embargo, como dice Jerónimo In Matth., que así como Cristo fue bautizado por Juan con agua, así Juan debía de ser bautizado por Cristo con Espíritu.

4. 

El motivo completo de que fuesen bautizados después de (haber recibido) el bautismo de Juan no radica en que desconocían al Espíritu Santo, sino en que no habían sido bautizados con el bautismo de Cristo.

5. 

Como explica Agustín, Contra Faust., nuestros sacramentos son signos de la gracia presente; en cambio, los sacramentos de la ley antigua fueron signos de la gracia futura. De donde, por el hecho de que Juan bautizó en nombre del que había de venir, se da a entender que no confería el bautismo de Cristo, que es un sacramento de la ley nueva.

– En el Catecismo de la Iglesia Católica:

523 

San Juan Bautista es el precursor (cf. Hch 13, 24) inmediato del Señor, enviado para prepararle el camino (cf. Mt 3, 3). “Profeta del Altísimo” (Lc 1, 76), sobrepasa a todos los profetas (cf. Lc 7, 26), de los que es el último (cf. Mt 11, 13), e inaugura el Evangelio (cf. Hch 1, 22; Lc 16,16); desde el seno de su madre ( cf. Lc 1,41) saluda la venida de Cristo y encuentra su alegría en ser “el amigo del esposo” (Jn 3, 29) a quien señala como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Precediendo a Jesús “con el espíritu y el poder de Elías” (Lc 1, 17), da testimonio de él mediante su predicación, su bautismo de conversión y finalmente con su martirio (cf. Mc 6, 17-29).

524 

Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22, 17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: “Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).

608 

Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (cf. Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29; cf. Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; cf. Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (cf. Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14; cf. Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: “Servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mc 10, 45).

717 

“Hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan. (Jn 1, 6). Juan fue “lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre” (Lc 1, 15. 41) por obra del mismo Cristo que la Virgen María acababa de concebir del Espíritu Santo. La “Visitación” de María a Isabel se convirtió así en “visita de Dios a su pueblo” (Lc 1, 68).

718 

Juan es “Elías que debe venir” (Mt 17, 10-13): El fuego del Espíritu lo habita y le hace correr delante [como “precursor”] del Señor que viene. En Juan el Precursor, el Espíritu Santo culmina la obra de “preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 17).

719 

Juan es “más que un profeta” (Lc 7, 26). En él, el Espíritu Santo consuma el “hablar por los profetas”. Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías (cf. Mt 11, 13-14). Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la “voz” del Consolador que llega (Jn1, 23; cf. Is 40, 1-3). Como lo hará el Espíritu de Verdad, “vino como testigo para dar testimonio de la luz” (Jn 1, 7; cf. Jn 15, 26; 5, 33). Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las “indagaciones de los profetas” y la ansiedad de los ángeles (1 P 1, 10-12): “Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios […] He ahí el Cordero de Dios” (Jn 1, 33-36).

720 

En fin, con Juan Bautista, el Espíritu Santo, inaugura, prefigurándolo, lo que realizará con y en Cristo: volver a dar al hombre la “semejanza” divina. El bautismo de Juan era para el arrepentimiento, el del agua y del Espíritu será un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 5).

En el Magisterio de los Papas:

Benedicto XVI, papa

Ángelus (09-12-2007): Palabras saludables

Plaza de San Pedro

[…] Hoy, segundo domingo de Adviento, se nos presenta la figura austera del Precursor, que el evangelista san Mateo introduce así: «Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”» (Mt 3, 1-2). Tenía la misión de preparar y allanar el sendero al Mesías, exhortando al pueblo de Israel a arrepentirse de sus pecados y corregir toda injusticia. Con palabras exigentes, Juan Bautista anunciaba el juicio inminente: «El árbol que no da fruto será talado y echado al fuego» (Mt 3, 10). Sobre todo ponía en guardia contra la hipocresía de quien se sentía seguro por el mero hecho de pertenecer al pueblo elegido: ante Dios —decía— nadie tiene títulos para enorgullecerse, sino que debe dar “frutos dignos de conversión” (Mt 3, 8).

Mientras prosigue el camino del Adviento, mientras nos preparamos para celebrar el Nacimiento de Cristo, resuena en nuestras comunidades esta exhortación de Juan Bautista a la conversión. Es una invitación apremiante a abrir el corazón y acoger al Hijo de Dios que viene a nosotros para manifestar el juicio divino. El Padre —escribe el evangelista san Juan— no juzga a nadie, sino que ha dado al Hijo el poder de juzgar, porque es Hijo del hombre (cf. Jn 5, 22. 27). Hoy, en el presente, es cuando se juega nuestro destino futuro; con el comportamiento concreto que tenemos en esta vida decidimos nuestro destino eterno. En el ocaso de nuestros días en la tierra, en el momento de la muerte, seremos juzgados según nuestra semejanza o desemejanza con el Niño que está a punto de nacer en la pobre cueva de Belén, puesto que él es el criterio de medida que Dios ha dado a la humanidad.

El Padre celestial, que en el nacimiento de su Hijo unigénito nos manifestó su amor misericordioso, nos llama a seguir sus pasos convirtiendo, como él, nuestra existencia en un don de amor. Y los frutos del amor son los «frutos dignos de conversión» a los que hacía referencia san Juan Bautista cuando, con palabras tajantes, se dirigía a los fariseos y a los saduceos que acudían entre la multitud a su bautismo.

Mediante el Evangelio, Juan Bautista sigue hablando a lo largo de los siglos a todas las generaciones. Sus palabras claras y duras resultan muy saludables para nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, en el que, por desgracia, también el modo de vivir y percibir la Navidad muy a menudo sufre las consecuencias de una mentalidad materialista. La “voz” del gran profeta nos pide que preparemos el camino del Señor que viene, en los desiertos de hoy, desiertos exteriores e interiores, sedientos del agua viva que es Cristo.

Que la Virgen María nos guíe a una auténtica conversión del corazón, a fin de que podamos realizar las opciones necesarias para sintonizar nuestra mentalidad con el Evangelio.

[1] Carta de Guido el cisterciense al hermano Gervasio sobre la vida contemplativa

[2] García M. Colombás osb, La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina.

[3] José A. Marcone, I.V.E., Práctica de la Lectio Divia para principiantes.

4] La Catena Aurea atesora la triple riqueza de ser la concatenación de los más selectos comentarios de los Padres al Evangelio, haber sido estos escogidos por la inteligencia y sabiduría del Doctor Angélico y haber sido escrita a pedido del Vicario de Cristo. Santo Tomás de Aquino cita a 57 Padres Griegos y 22 Padres Latinos para exponer el sentido literal y el sentido místico, refutar los errores y confirmar la fe católica. Esto es deseable, escribe, porque es del Evangelio de donde recibimos la norma de la fe católica y la regla del conjunto de la vida cristiana (Catena Aurea, I, 468).  La Catena Aurea nos hace entrever la perennidad y actualidad de Santo Tomás también como exegeta ya que no cae en la trampa de una explicación histórica y positiva como la exegesis que acapara la atención hoy, sino que partiendo del sentido literal llega al tesoro inagotable del sentido espiritual. Santo Tomás nos guía a descubrir que la Sagrada Escritura enseña a cada alma en particular todo lo que necesita para su santidad ya que Dios es el sujeto de la Escritura y su causa eficiente, formal y ejemplar, como también final.