Lectio 28 de agosto 2022

CONTENIDO: Lectio divina con el evangelio del vigésimo segundo Domingo del Tiempo Ordinario CC. 28 de agosto de 2022 (San Lucas 13,22-30).

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•             SEÑAL DE LA CRUZ.

•             INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO:

Ven Espíritu Santo
Llena los corazones de tus fieles
Y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía señor tu espíritu y todo será creado
Y renovaras la faz de la tierra
Oh Dios, que instruiste los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo 
Danos gustar de todo lo que es recto según Tu mismo espíritu 
Y gozar siempre de sus divinos consuelos. Por Jesucristo nuestro Señor.

  • LECTIO

Primer paso de la Lectio Divina:
consiste en la lectura de un trozo unitario de la Sagrada Escritura. Esta lectura implica la comprensión del texto al menos en su sentido literal. Se lee con la convicción de que Dios está hablando. No es la lectura de un libro, sino la escucha de Alguien. Es escuchar la voz de Dios hoy.  

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas (14,1.7-14.):

“Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:
“Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate más’, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.
Después dijo al que lo había invitado: “Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos! “.

Palabra del Señor.

  • MEDITATIO.

Estando siempre en la presencia de Dios, el segundo paso de la Lectio Divina o Meditatio consiste en reflexionar en nuestro interior y con nuestra inteligencia sobre lo que se ha leído y comprendido. “Es esa disposición del alma que usa de todas sus facultades intelectuales y volitivas para poder captar lo que Dios le dice… al modo de Dios”.  

OPCIÓN 1 

Evangelio de San Lucas - Vol. 2

Fr. Anibal Fosbery, OP, Reflexiones sobre textos del Evangelio de san Lucas para el Tiempo Ordinario, vol. II, El que se humilla será ensalzado, Pág. 155

OPCIÓN 2

SAN AGUSTÍN, Sermones (6º) (t. XXVI), Sermones sobre diversos temas, Sermón 362, 17-21, BAC Madrid 1985, 377-87

El que no conoce las Escrituras no cree en la resurrección de los muertos

17. Él estaba hablando de la resurrección de los muertos, pues así se expresaba: Pero dirá alguien: «¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo volverán a la vida?» Por eso había dicho: El primer hombre, nacido de la tierra, es terreno; el segundo, del cielo. Como es el terreno, así son los terrenos, y como el celeste, así los celestes, a fin de que esperemos que se ha de realizar en nuestro cuerpo lo que ya tuvo lugar antes en el de Cristo. Aunque aún no lo tenemos en realidad, hemos de retenerlo mediante la fe. Por eso había añadido: Como llevamos la imagen del hombre terreno, así debemos llevar también la del que procede del cielo. Para que no creyéramos que íbamos a resucitar para las mismas cosas que hacíamos corruptiblemente según el primer hombre, añadió en seguida: Esto os digo, hermanos: que la carne y la sangre no heredarán el reino de Dios. Quiso mostrar también que llama carne y sangre no a esas realidades corporales, sino que bajo esos nombres significa la corrupción, corrupción que allí no existirá. Al cuerpo sin corrupción no se le ha de llamar propiamente carne y sangre, sino cuerpo, sin más. Pues, si es carne, es corruptible y mortal; si, por el contrario, ya no muere, ya no es corruptible; por eso, permaneciendo la misma realidad, pero incorruptible, ya no se la llama carne, sino cuerpo. Y, si se la llama carne, no se habla con propiedad, sino en base a una semejanza externa. En base a esa misma semejanza, quizá pudiéramos hablar de carne en los ángeles, puesto que se aparecieron a los hombres en forma de hombre, a pesar de ser un cuerpo; pero no carne, puesto que carecen de corrupción. Así, pues, dado que, por una cierta semejanza, podemos llamar carne también al cuerpo que ya no se corrompe, el Apóstol se preocupó de indicar en seguida qué entendía por carne y sangre, puesto que se refería a la corrupción, no al aspecto exterior, y añadió a continuación: ni la corrupción heredará la incorrupción; como si dijera: «Mis anteriores palabras: La carne y la sangre no poseerán el reino de Dios, equivalen a estas otras: La corrupción no poseerá la incorrupción». 

18. Y para que nadie diga: «Entonces, si la incorrupción no puede ser poseída por la corrupción, ¿cómo estará allí nuestro cuerpo?», escucha lo que sigue. Parece como si se le preguntara al Apóstol: «¿Qué es lo que estás afirmando? ¿Es que creemos en vano en la resurrección de la carne? Si la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios, en vano creemos que nuestro Señor resucitó de entre los muertos con el mismo cuerpo con que nació y en el que fue crucificado, y que ascendió al cielo en presencia de sus discípulos, desde el que te gritó: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Con estas preguntas se encontró el santo y bienaventurado apóstol Pablo, quien con piadoso amor da a luz a sus hijos, engendrados en Cristo por el Evangelio, a los que todavía estaba alumbrando hasta que Cristo se formase en ellos, es decir, hasta que llevasen por la fe la imagen del hombre del cielo. No quería que quedasen en la perdición de pensar que, en el Reino de Dios, en la vida eterna, iban a hacer lo mismo que hacían en esta vida, es decir, entregarse al placer de comer y beber, de tomar marido, de tomar mujer y de engendrar hijos. Estas son obras de la corrupción de la carne, no la realidad de la carne. Que no hemos de resucitar para tales cosas, como ya lo he mencionado antes, lo dejó claro el Señor en la lectura evangélica que hemos leído hace poco. Los judíos creían ciertamente en la resurrección de la carne, pero pensaban que iba a ser tal que la vida de entonces sería igual a la que llevaban aquí. Al pensar de esta forma carnal no pudieron responder a los saduceos, quienes, a propósito de la resurrección, les proponían la siguiente cuestión: «¿De quién será esposa la mujer que tuvieron sucesivamente siete hermanos, queriendo cada uno de ellos suscitar descendencia a su hermano?» Los saduceos formaban una secta dentro del judaísmo que no creía en la resurrección. Los judíos, fluctuando y dudando, no podían dar respuesta a los saduceos que les proponían tal cuestión, porque pensaban que la carne y la sangre podían poseer el reino de Dios, es decir, que la corrupción podía poseer la incorrupción. Llegó la Verdad, y los saduceos, engañados y engañadores, interrogan al Señor proponiéndole la misma cuestión. El Señor, que sabía lo que decía y deseaba que nosotros creyéramos lo que desconocíamos, responde, con la autoridad de su majestad, lo que hemos de creer. El Apóstol lo expuso en la medida en que le fue concedido; nosotros hemos de entenderlo en cuanto nos sea posible. ¿Qué dijo, pues, el Señor a los saduceos? Erráis al no conocer la Escritura ni el poder de Dios. En la resurrección no se casan ni se toman mujeres, ni empiezan a morir, sino que serán iguales a los ángeles de Dios. Grande es el poder de Dios. ¿Por qué no se casan ni toman mujeres? Porque no empezarán a morir. Todo sucesor sucede a alguien. Allí no habrá tal corrupción. Y el Señor pasó por todas las edades, desde la infancia hasta la juventud, porque llevaba todavía la mortalidad de la carne; después de resucitar en la misma edad que tenía cuando fue sepultado, ¿hemos de creer que envejece en el cielo? Serán, dijo, semejantes a los ángeles de Dios. Hizo desaparecer lo que sospechaban los judíos y refutó las calumnias de los saduceos, puesto que los judíos creían, sí, que los muertos habían de resucitar, pero pensaban carnalmente por lo que respecta a las obras para las que iban a resucitar. Serán, dijo, semejantes a los ángeles de Dios. Has oído lo que se refiere al poder de Dios; escúchalo también en las Escrituras. ¿No habéis leído, a propósito de la resurrección, cómo habló el Señor a Moisés desde la zarza, diciéndole, «Yo soy el Dios de Abrahán, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob»? No es un Dios de muertos, sino de vivos. 

19. Que hemos de resucitar, ya está dicho; que hemos de resucitar para una vida semejante a la de los ángeles, lo hemos escuchado de la boca del Señor; qué aspecto hemos de tener al resucitar, lo mostró él mismo en su resurrección. Que nuestra forma exterior ha de carecer de corrupción, lo dice el Apóstol: Esto es lo que digo: la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción, mostrando que bajo los términos de «carne» y «sangre» quiso entender la corrupción del cuerpo mortal y animal. A continuación, resuelve ya él mismo la cuestión que los oyentes solícitos pudieran exigirle; él mismo se preocupa de que los hijos entiendan más de lo que los hijos se preocupan por las palabras de los padres. Añade estas palabras: Ved que os anuncio un misterio. Cese tu pensamiento, ¡oh hombre!, quienquiera que seas. Tomando apoyo en las palabras del Apóstol, habías comenzado a pensar que la carne humana no resucita, al haber escuchado: la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios; más aplica tu oído a las palabras que siguen y corrige la presunción de tu corazón. Ved, dijo, que os anuncio un misterio: todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados. ¿Qué significa esto? La transformación puede ser para bien o para mal. Si se ha hablado de una transformación, sin ver todavía cómo será, si para algo mejor o para algo peor, sigamos leyendo, que él nos lo aclare; ¿para qué entrar en suposiciones? Quizá la autoridad del Apóstol te evite el ir detrás de tus conjeturas y resbalar en el error por medio de la sospecha humana; quizá indique claramente qué transformación quiere que se entienda. Habiendo dicho: Todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados, yo advierto que hemos de resucitar todos, buenos y malos; más veamos quiénes serán transformados, y, a partir de aquí, comprenderemos cómo ha de ser la transformación, si para mejor o para peor. Si esta transformación se da en los malos, será para peor; si en los buenos, para mejor. En un instante, dice, en un abrir y cerrar de ojos, a la última trompeta. Sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptos y nosotros seremos transformados. Así, pues, esta transformación será para mejor, puesto que dice: Y nosotros seremos transformados. Pero aún no ha expresado como conviene hasta qué punto nuestro cuerpo será transformado para mejor. Aún no ha dicho en qué consiste esa mejoría. Pues, incluso cuando se da la transformación de la niñez a la adolescencia, puede hablarse de una mutación para mejor, a pesar de que, aunque la debilidad sea menor, sigue existiendo al lado de la mortalidad. 

20. Por tanto, volvamos a considerar punto por punto. En un instante, dice. Difícil parece a los hombres el que los muertos resuciten; pero es admirable cómo el Apóstol eliminó todas las dudas y dificultades de los corazones de los fieles. Dices tú: «Los muertos no resucitan»; yo no sólo digo que resucitan, sino que acaecerá con una rapidez tal que no tuviste ni para ser concebido y nacer. ¡Cuánto tiempo pasa un hombre en el seno materno hasta formarse, perfeccionarse, nacer y fortalecerse con el paso del tiempo! ¿Acaso ha de resucitar de idéntica manera? No, sino en un instante, dijo. Muchos ignoran lo que es un instante (atomus). El término atomus se deriva de tomé, que significa sección, división; átomos, en griego, significa lo que no puede seccionarse ni dividirse. El término se emplea tanto para los cuerpos como para el tiempo. Referido a los cuerpos, se aplica en el caso de que pueda hallarse algo que se muestre imposible ser dividido; algo tan diminuto que no admita la posibilidad de ser seccionado. Referido al tiempo, es un momento breve que tampoco puede dividirse. Para que los corazones más lentos puedan comprender lo que digo, voy a poner un ejemplo. Toma una piedra; divídela en varias partes; esas partes divídelas en chinas, y las chinas en granos, como son los de arena; divide todavía los granos de arena en polvo menudísimo hasta que llegues, si puedes, a una menudencia tal que ya no admita ser dividida. Esto es un «átomo» referido a los cuerpos. Aplicado al tiempo, se entiende de esta manera: un año, por ejemplo, se divide en meses; los meses, en días; los días aún pueden dividirse en horas; las horas, aún en otras partes espaciosas que admiten divisiones hasta que llegues a un punto de tiempo y a una como gota de un momento que ya no se puede alargar lo más mínimo y que, por tanto, no puede dividirse. Esto es el «átomo» temporal. Decías, pues, que los muertos no resucitan; no sólo resucitan, sino que lo hacen con tanta rapidez que la resurrección de todos tendrá lugar en un átomo o instante de tiempo. Y, explicándote la rapidez del instante, después de haber dicho: en un instante, añadió a continuación qué acción o movimiento puede realizarse en ese espacio de tiempo: En un golpe de ojo, dijo. Sabía, en efecto, que no estaba claro eso de en un instante, y quiso decir más claramente algo que fuese más inteligible. ¿Qué significa en un golpe de ojo? No se refiere al abrir y cerrar los ojos mediante los párpados, sino que llama golpe de ojo a la proyección de sus rayos para ver algo. Efectivamente, nada más proyectar tu mirada, el rayo emitido llega al cielo, donde contemplamos el sol, la luna, las estrellas y los demás astros, separados de la tierra por tan inmensa distancia. Pero menciona la última trompeta, la última señal. Sonará, dice, la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptos y nosotros seremos transformados. Se refiere, ciertamente, a nosotros los fieles, a los primeros en resucitar para la vida eterna. Por tanto, aquella transformación, propia de los piadosos y santos, será para mejor, no para peor. 

21. Pero ¿en qué consiste esta transformación? ¿Qué significan las palabras seremos transformados? ¿Se pierde el aspecto exterior actual o sólo la corrupción, con referencia a la cual se dijo, la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción? Para que esto no condujese a sus oyentes a perder la esperanza de resucitar en la carne, añadió: Ved que os anuncio un misterio: todos resucitaremos, pero no todos seremos transformados. Y para que no pensásemos que esa transformación iba a ser para peor, dijo: Y nosotros seremos transformados. Sólo queda, pues, que diga cuál ha de ser esa transformación. Conviene, dijo, que esto corruptible se vista de incorrupción, y que esto mortal se revista de inmortalidad. Si esto corruptible y mortal se viste de incorrupción e inmortalidad, dejará de ser carne corruptible. Por tanto, si deja de ser carne corruptible, desaparecerá el nombre de corrupción aplicado a la carne y a la sangre; desaparecerá hasta el nombre de carne y sangre, porque todos son términos propios de la mortalidad. Y si es así y la carne resucitará, dado que se ha transformado y convertido en incorrupta, la carne y la sangre no poseerán el reino de Dios. Si alguien quiere entender que tal transformación se dará en los que se encuentren aún en vida aquel día, de forma que los ya muertos resuciten y los que aún vivan, en cambio, sean transformados, admitiendo que el Apóstol haya hablado en su nombre al decir: Y nosotros seremos transformados, por la misma lógica se sigue que la incorrupción pertenecerá ciertamente a todos, cuando esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se revista de inmortalidad. Entonces se cumplirá lo que está escrito: «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu contienda? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón?» Al cuerpo que ya no es mortal no se le llama con propiedad carne y sangre; eso lo son los cuerpos terrenos; se llama cuerpo a lo que puede calificarse ya de celeste. Lo mismo acontece cuando el Apóstol habla de la diferencia entre las carnes: No toda carne es la misma. Una es la carne humana, otra la de las bestias, otra la de los peces, la de las aves y la de los reptiles. Hay también cuerpos celestes y cuerpos terrestres. Nunca hablaría él de carnes celestes, aunque a las carnes se las pueda llamar cuerpos, pero terrestres. Así, pues, toda carne es cuerpo, pero no todo cuerpo es carne; no sólo porque al cuerpo celeste no se le llama carne, sino también porque no son carne otros cuerpos terrestres como la madera, y las piedras, y cosas del estilo, si las hay. Es cierto, por tanto, que la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios, porque la carne, al resucitar, se transformará en cuerpo tal que no admitirá ya la corrupción de la muerte y, en consecuencia, ni siquiera la denominación de carne y sangre. 

  • PREPARACIÓN REMOTA:

Textos

  • ORATIO

La oratio es el tercer momento de la Lectio Divina, consiste en la oración que viene de la meditatio. “Es la plegaria que brota del corazón al toque de la divina Palabra”. Los modos en que nuestra oración puede subir hacia Dios son: petición, intercesión, agradecimiento y alabanza.

Oración colecta
Dios todopoderoso, de quien procede todo bien perfecto,
infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre,
para que, haciendo más religiosa nuestra vida,
acrecientes en nosotros lo que es bueno
y lo conserves constantemente.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.

Oración post comunión
Saciados con el pan de la mesa celestial,
te suplicamos, Padre, que este alimento de nuestra caridad
nos fortalezca y nos impulse a servirte en los hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

  • CONTEMPLATIO

El último momento de la Lectio Divina: la contemplatio, consiste en la contemplación o admiración que surge de entrar en contacto con la Palabra de Dios. Esta consiste en la adoración, en la alabanza y en el silencia delante de Dios que se está comunicando conmigo.

«Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado».